24.10.13
Una vez tuve un sueño. Un sueño en el que nada ni nadie podía herirme. Nadie podía arrebatarme absolutamente nada.
Ahí estaba yo, con mi pequeña capa y chaqueta antibalas, por si de repente algo lograba distraerme.
La lluvia era cálida en días fríos y fría en días cálidos; el sol, extraordinario, me sonreía desde lo más alto del universo; los pájaros hablaban con otra melodía; y el aire. Ay el aire. No puedo explicártelo.
Quizás tuve la suerte de no despertarme durante mucho tiempo. De hecho, allí estábamos atrancados en el tiempo. Ni siquiera envejecíamos, simplemente crecíamos mentalmente.
Aún no te he contado que una parte de mi todavía sigue ahí, intacta, en el mismo sitio donde aterricé. Mis cinco sentidos están resguardados
del miedo y otras malvadas criaturas que nunca llegarán a mi. Desgraciadamente, la otra, está en esta pequeña gran triste realidad.
9.10.12
mi pequeña I minúscula
El aire de la cocina olía a café. Mi pequeña I minúscula untaba con mantequilla las tostadas que hacía treinta minutos que habían sido despertadas por tostadora. Lo hacía con delicadeza y cariño, como cuando un anciano encuentra recuerdos en su desván. Éste era un otoño caluroso, pero no por eso dejaba de beberse el café a sorbitos de lo tan ardiendo que estaba. Vivía en un pisito para más de dos personas, pero actualmente disfrutaba de su soledad. Quién sabe si alguien vendría la próxima noche. Lleva horas leyendo una historia inacabada y espera que la autora le cuente el final. El amanecer le ha dado los buenos días, pero ahí está ella, arrastrando las horas de sueño con sus mechones largos y ondulados, acompañada de un desayuno delicioso esperando leer algún que otro final.
10.3.11
(nudos en el estómago que no te dejan dormir)
En ése instante se me hizo un nudo en el estómago. Probablemente era el nudo en el estómago más grande del universo. Qué digo, ¡más que el universo! Quise arrancarlo pero no pude. Sólo resbalaban lágrimas desde el hondo de mis ojos, y mírame, ahí estaba yo, solita con mi nudo, intentando calmarlo con palabras bonitas para que no hiciera más daño.
28.1.11
(desapareció)
Hoy ha venido de nuevo. Con su sonrisa ha pedido un té de naranja y me he atrevido a darle un bombón. No la he visto pero creo que se lo ha comido a cachitos pequeños, porque al salir, todavía lleva restos de chocolate en sus carnosos labios.
He quedado como un patán. Se me ha caído la bandeja al suelo mientras la servía y el señor Mario me ha gritado y avergonzado delate de los pocos clientes que había entonces, y en especial, de ella.
Creo que le he dado pena o terror, porque a los dos minutos, cuando iba a invitarla a otro té por haberle causado tanto alboroto y por casi mancharle el bonito vestido, se ha esfumado de golpe. Me ha dejado las monedas en la barra, me ha mirado, se ha mojado los labios, y con una mirada triste y avergonzada ha salido por la puerta.
Salí tras ella, pero ya era demasiado tarde.
Se había esfumado, literalmente.
(te regalamos mamuts que sonríen bonito por ésas más de 8000 maravillosas visitas)
He quedado como un patán. Se me ha caído la bandeja al suelo mientras la servía y el señor Mario me ha gritado y avergonzado delate de los pocos clientes que había entonces, y en especial, de ella.
Creo que le he dado pena o terror, porque a los dos minutos, cuando iba a invitarla a otro té por haberle causado tanto alboroto y por casi mancharle el bonito vestido, se ha esfumado de golpe. Me ha dejado las monedas en la barra, me ha mirado, se ha mojado los labios, y con una mirada triste y avergonzada ha salido por la puerta.
Salí tras ella, pero ya era demasiado tarde.
Se había esfumado, literalmente.
(te regalamos mamuts que sonríen bonito por ésas más de 8000 maravillosas visitas)
9.1.11
(un caballo y un gato se han dado mimos y se han mirado con cara de amor)
gracias infinitas a Blanca por concedernos a mi y a chicalluvia el premio al blog más dulce. y a todos vosotros, por estar ahí :)
31.12.10
23.12.10
24.11.10
quisiera darte amor para desayunar
Tenía la mirada fija sobre él. Lo observaba detalladamente desde una silla de madera en la penúltima mesa de la cafetería, cada movimiento, cada gesto, cada parpadeo. Era inevitable -qué digo, ¡imposible!- quitarle los ojos de encima. Cuando estaba de espaldas intentaba contenerse para no acercarse de un momento a otro y darle un abrazo de oso de espaldas, o darle mimos en los domingos de lluvia, o simplemente darle amor para desayunar y que al volver a casa quisiera más. Algo hizo que él destacase entre todos los demás. Quizás fue por su sonrisa tímida. Quizás por su torpeza. Quizás por su amabilidad. Fue más que un flechazo, más que una estrella fugaz.
(chicalluvia os manda té de naranja para haceros pasar el frío de noviembre y besos de azúcar)
(chicalluvia os manda té de naranja para haceros pasar el frío de noviembre y besos de azúcar)
1.11.10
25.10.10
recuerdos

y fue justo ahí, justo en ese preciso momento, cuando mis lágrimas saladas viajaban hacia un destino infinito por las mejillas de mi cara. mis pulmones, mi corazón y mi alma cantaban una fabulosa melodía que bastante tiempo después, no puedo dejar de tararear.
(recuerda que tengo un gran mundo interior)
puedes ver la fotografía en grande aquí, si quieres
17.10.10
(timidez)
Ir a la cafeteria de la esquina era un ritual. Tanto en los días tristes como en los felices, siempre iba al mismo lugar. Se sentaba en la penúltima mesa que tocaba a la ventana y se ponía a observar. Pedía un café con mucha, mucha leche y dos
terrones de azúcar.
Hace unos días, un camarero joven y apuesto le regaló un bombón de chocolate, y desde entonces, éste le ha robado el corazón. Quiere saber más de él, qué le gusta hacer, qué música le gusta escuchar y qué libros le gusta leer. Chicalluvia es tímida. ¿Qué puede hacer?
terrones de azúcar.
Hace unos días, un camarero joven y apuesto le regaló un bombón de chocolate, y desde entonces, éste le ha robado el corazón. Quiere saber más de él, qué le gusta hacer, qué música le gusta escuchar y qué libros le gusta leer. Chicalluvia es tímida. ¿Qué puede hacer?
5.10.10
(cucharas soperas y libros antiguos)
Lleva el pelo recogido en una coleta pequeña. Como lo tiene corto, algunos mechones ondulados se han quedado sueltos y le hacen cosquillas en la nuca.
Está en la cocina y luce un delantal con estampados de pasteles y lazos de colores.
En la mano izquierda tiene un libro de literatura japonesa del 1901 abierto por la página 78 mientras las pupilas resiguen línea 25, y en la mano derecha sostiene una cuchara sopera, con la cual remueve la sopa que está en el fuego burbujeando.
De tanto en tanto, se lleva la cuchara a los labios, y con un respingo al tocarlos siente calor en ellos y un gran sabor en la boca.
Podría sentarse en una silla mientras vigila el fuego, pero no lo hace. le gusta el aroma a sopa y el sonido de las burbujas mientras lee.
Está en la cocina y luce un delantal con estampados de pasteles y lazos de colores.
En la mano izquierda tiene un libro de literatura japonesa del 1901 abierto por la página 78 mientras las pupilas resiguen línea 25, y en la mano derecha sostiene una cuchara sopera, con la cual remueve la sopa que está en el fuego burbujeando.
De tanto en tanto, se lleva la cuchara a los labios, y con un respingo al tocarlos siente calor en ellos y un gran sabor en la boca.
Podría sentarse en una silla mientras vigila el fuego, pero no lo hace. le gusta el aroma a sopa y el sonido de las burbujas mientras lee.
22.9.10
13.9.10
Capítulo II
(si te perdiste la primera parte clica aquí)
-Aquí lo tienes, un té de naranja y si me dejas… -dijo mientras hurgaba en su bolsillo derecho. Si me dejas, un bombón de chocolate para que me perdones por la confusión.
-Oh, eres muy amable. Me encantan los bombones. Muchísimas gracias. No hace falta que te disculpes, a todos se nos va de tanto en tanto la cabeza. –sonrió Chicalluvia, con su brillante sonrisa.
-Sí, jeje.
Cuando el camarero se alejó, Chicalluvia lo observaba detalladamente. Era un chico delgado y con las facciones de la cara muy finas, el pelo corto negro y los ojos color miel. Tenía una sonrisa brillante y le descifró la timidez en los ojos. Lucía un uniforme de cafetería gracioso: un pantalón negro, una camisa blanca y una pajarita al cuello. A simple vista tenía cara de niño, aparentaba unos 22 o 23 años como mucho. Hacía una semana que la cafetería había sido inaugurada, y parecía que estuviera contratado desde toda la vida, se le daba bien llevar la bandeja de un lado para el otro haciendo malabares y equilibrios.
Tomó el bombón y se lo llevó a la boca. Era chocolate totalmente negro relleno de galleta. ¿Sabía el camarero que el chocolate y las galletas eran dos de sus dulces favoritos?
Durante un rato lo saboreó, mientras pensaba qué haría para distraerse. Sacó un libro de su bolsa y se puso a leer.
Pasaban los minutos y los segundos y el camarero no podía dejar de mirarla. Creo que podría llamarlo un amor a primera vista. O a segunda, quién sabe.
Pasado un rato, vio que Chicalluvia ya se había terminado el té de naranja y el bombón, y decidió acercarse, retirarle la taza y verla un poquito más de cerca.
-¿Ya has terminado? ¿Te retiro la taza?
-Oh, sí. Gracias. –dijo mientras levantó la vista hasta los ojos del chico.
-¿Estaba rico? –poniendo la taza en la bandeja de metal.
-Sí, y el bombón también.
-¿Quieres que te traiga otro?
-No, no te molestes, si me das otro ¡seguro que te pediré tres más! –dijo Chicalluvia sonriendo.
De los propios nervios de una mirada cautivadora, al joven camarero le cayó la bandeja y la taza al suelo.
-¡Eh Nil, ¿en qué estás pensando?! –chilló otro de los camareros desde la barra de la cafetería.
-Aquí lo tienes, un té de naranja y si me dejas… -dijo mientras hurgaba en su bolsillo derecho. Si me dejas, un bombón de chocolate para que me perdones por la confusión.
-Oh, eres muy amable. Me encantan los bombones. Muchísimas gracias. No hace falta que te disculpes, a todos se nos va de tanto en tanto la cabeza. –sonrió Chicalluvia, con su brillante sonrisa.
-Sí, jeje.
Cuando el camarero se alejó, Chicalluvia lo observaba detalladamente. Era un chico delgado y con las facciones de la cara muy finas, el pelo corto negro y los ojos color miel. Tenía una sonrisa brillante y le descifró la timidez en los ojos. Lucía un uniforme de cafetería gracioso: un pantalón negro, una camisa blanca y una pajarita al cuello. A simple vista tenía cara de niño, aparentaba unos 22 o 23 años como mucho. Hacía una semana que la cafetería había sido inaugurada, y parecía que estuviera contratado desde toda la vida, se le daba bien llevar la bandeja de un lado para el otro haciendo malabares y equilibrios.
Tomó el bombón y se lo llevó a la boca. Era chocolate totalmente negro relleno de galleta. ¿Sabía el camarero que el chocolate y las galletas eran dos de sus dulces favoritos?
Durante un rato lo saboreó, mientras pensaba qué haría para distraerse. Sacó un libro de su bolsa y se puso a leer.
Pasaban los minutos y los segundos y el camarero no podía dejar de mirarla. Creo que podría llamarlo un amor a primera vista. O a segunda, quién sabe.
Pasado un rato, vio que Chicalluvia ya se había terminado el té de naranja y el bombón, y decidió acercarse, retirarle la taza y verla un poquito más de cerca.
-¿Ya has terminado? ¿Te retiro la taza?
-Oh, sí. Gracias. –dijo mientras levantó la vista hasta los ojos del chico.
-¿Estaba rico? –poniendo la taza en la bandeja de metal.
-Sí, y el bombón también.
-¿Quieres que te traiga otro?
-No, no te molestes, si me das otro ¡seguro que te pediré tres más! –dijo Chicalluvia sonriendo.
De los propios nervios de una mirada cautivadora, al joven camarero le cayó la bandeja y la taza al suelo.
-¡Eh Nil, ¿en qué estás pensando?! –chilló otro de los camareros desde la barra de la cafetería.
7.9.10
(Chicalluvia era una chica de pelo corto)

A veces te miro y remiro y no paro de mirarte. Dicen que la belleza, a parte de estar por fuera, también está por dentro. Pero tú has conseguido que la belleza esté en ambas partes. Sin embargo, no puedo dejar de observarte. Paso las horas observando cada parpadeo tuyo, cada gesto, cada movimiento, cada sonido de tu voz y cada silencio.
3.9.10
Capítulo I
Era una mañana gris, y pasito a pasito, andaba Chicalluvia por el borde de la acera, haciendo equilibrios y con los brazos estirados pareciendo un avión. Lucía una camiseta de punto de manga larga blanca, una falda por encima de la tripa y unas bailarinas bonitas.
Se paró frente a una cafetería nueva que habían inaugurado la semana anterior. Tenía un aspecto antiguo y bonito a la vez. Dudando por unos segundos, finalmente, decidió entrar.
Barrió la cafetería con una mirada. Había poca gente, por lo que estaría bien pasar la mañana allí. Se sentó en una mesa para dos junto a la ventana y un camarero con aspecto tímido se dirigió a ella con una pequeña sonrisa:
- Buenos días, ¿qué quieres tomar?
- Hola, buenos días. Un té de naranja, por favor –sonrió.
- Un té de naranja, perfecto, te lo traigo en un minutito. –y anotó el pedido de Chicalluvia. Vaya, qué día tan triste hace hoy, ¿verdad? –dijo, mirando por la ventana.
- A mi me gustan estos días, la verdad es que a no me parece que sean tristes, sino todo lo contrario. Hace frío y una se siente bien al salir a pasear.
- Es cierto, se está genial en la calle, sólo que a mi me gustan más con un poco más de sol.
Se quedaron mirando con una gran sonrisa. Los ojos de ambos tenían un gran poder de atracción y se quedaron en silencio varios segundos.
- Ehm, ahora…ahora te traigo el té de lavanda… -dándose la vuelta.
- ¡Disculpa, disculpa! Té de naranja, de naranja. Que te…te has…equivocado…no de lavanda… -dijo Chicalluvia, bajando la mirada.
- Ay sí, de naranja. Discúlpame tú –y se fue avergonzado y sonriendo a la vez.
Se paró frente a una cafetería nueva que habían inaugurado la semana anterior. Tenía un aspecto antiguo y bonito a la vez. Dudando por unos segundos, finalmente, decidió entrar.
Barrió la cafetería con una mirada. Había poca gente, por lo que estaría bien pasar la mañana allí. Se sentó en una mesa para dos junto a la ventana y un camarero con aspecto tímido se dirigió a ella con una pequeña sonrisa:
- Buenos días, ¿qué quieres tomar?
- Hola, buenos días. Un té de naranja, por favor –sonrió.
- Un té de naranja, perfecto, te lo traigo en un minutito. –y anotó el pedido de Chicalluvia. Vaya, qué día tan triste hace hoy, ¿verdad? –dijo, mirando por la ventana.
- A mi me gustan estos días, la verdad es que a no me parece que sean tristes, sino todo lo contrario. Hace frío y una se siente bien al salir a pasear.
- Es cierto, se está genial en la calle, sólo que a mi me gustan más con un poco más de sol.
Se quedaron mirando con una gran sonrisa. Los ojos de ambos tenían un gran poder de atracción y se quedaron en silencio varios segundos.
- Ehm, ahora…ahora te traigo el té de lavanda… -dándose la vuelta.
- ¡Disculpa, disculpa! Té de naranja, de naranja. Que te…te has…equivocado…no de lavanda… -dijo Chicalluvia, bajando la mirada.
- Ay sí, de naranja. Discúlpame tú –y se fue avergonzado y sonriendo a la vez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

